PACOEspaña y yo somos así, señora.
PACO.–¿Qué pasa?¿Soy un mosquetero o no soy un mosquetero? Pero Cleopatra me ha dejado chico. ¡Vaya un traje precioso! ¡Y qué bien le está a usted!¡Oye: también tú estás bien de trovador! ¿A ver? Ponte el gorro.¡Bárbaro!. ¿Dónde está Pepe? Ahí, vistiéndose, ¿no?
¡Pepe, sal a la ventana!
¡Pepe, si te da la gana!
¡Pepe, que ha llegado Paco!
¡Pepe, sales o te saco!
¡¡Ahí va!! Pero ¡si está vestido de Manolete !¡Y se va a afeitar! ¡ Se va a afeitar! Esto es cosa de Leticia. Que ha conseguido se quite la barba, por fin. Pero ¡hombre, Pepe! ¡Quitarte la barba hoy, que vengo yo.
PACO¡Vengo de bohemio!... Total, nada... Fíjense, fíjense...
PACO.–Tipo. Línea. Percha. A ver quién dice que soy subdirector de una Compañía de Seguros agríco-las... Claro que, viendo a Pepe vestido de torero, tam-poco hay quien diga que él es subdirector de una Com-pañía de Seguros de vida. A Gracia le sienta colosal el traje oriental. Y tú, ¿de qué vas vestida?
PACO.–Me lo estaba temiendo.
PACO.–Por cierto, al mismo tiempo que yo, entraba Luciano Salvatierra vestido de César Borgia.
PACO.–Venenoso. PACO.–Sí. En el jardín hay unos cuantos insensa-tos: Vigil, que viene de conde Drácula, y su mujer lleva un traje de vampira. Ansúrez, el médico, viene de diablo, sentado en el suelo. También ha venido Etelvina.
PACO.–Pero ha buscado un disfraz apropiado. Viene vestida de Maja de Goya, echada en el diván, y la han traído con diván y todo...
PACO.–¡Ah, bueno! Ahora que me acuerdo, Leticia: hay que ensayar la aparición de usted en los salones.
PACO.–¡Pues eso! (Dirigiéndose a LETICIA.) Que, además de ser la dueña de la casa, y una mujer en-cantadora, es usted Cleopatra, y tiene usted que hacer una buena aparición en los salo-nes, entrando de un modo majestuoso, a los acordes de la música. Pero no es fácil Por eso hay que ensayarlo. Va-mos a ensayarlo ahora.
PACO.–Ahora, claro , ¡ Amelia, Elisa, Elisa ¡ Sigerico, ve a visar a los músicos.
PACO.–Sí. Ven aquí, Elías. Vamos a ensayar la apa-rición de la de ñaora en los salones. Vosotras, Gracia, Cristina Leticia y tú, aquí,
Tú, Elisa, detrás de la señora llevando esto, y tu Amelia delante echando flores. Leticia saldrá de aquí cogida de la mano de Pepe. ¡ Musica Sigerico ¡ Eso es!, ¡vamos a bailar!
Vaya hombre, ahora de ha acabado la música, bien, el ensayo ha salido muy bien, ahora aterminar de vestirnos, la fiesta comenzará enseguida.
Diario de Leticia Miñan. Cosas de mi vida. «Tengo veintisiete años ligeros como plumas y un corazón que me pesa como el plomo.»¡Ati-za! «Ayer tarde vino de visita Paco Yepes y, como siempre, en cuanto le he visto...» ¿Qué?, Pero... ¿qué dice esta mujer? ¿Qué dice esta mujer? ¿Y por qué se ha dejado el libro aquí? Pero ¿Cómo es posible?
Paco.- ¿Eh?
PACO- ¡Leticia!...
PACO.–Hasta ahora no la conocía a usted por den-tro... Ahora acabo de hojear este libro, y...
PACO.– Esata en este sillón.
PACO.–Escúcheme, Leticia.
PACO.–Levántese, escuche...
PACO.–Bueno. Me sentaré yo. Míreme.
PACO.–Pues no me mire, es igual. Leticia, ¿por qué le da vergüenza decirme de palabra lo que ya me ha dicho por escrito? PACO.–Pepe, es imposible que yo no te explique...
PACO.–Aunque hayamos vivido largas temporadas separados, me conoces desde hace veinte años, y...
PACO.–¡ Soy un idiota! ¡ Reconozco que soy un idio-ta!... ¡No me contradigas!
PACO.–Y excuso decirte que...
PACO.–¡Maldita sea, hombre!
PACO ¡Maldita sea mi estampa!
PACO.–¿ Eh ?
PACO¡ Pepe!
PACO.- ¿Cómo?
PACO.–No. Me lo ha dado ella misma.
PACO.–¿Qué dices? Pero... ¿es que el Diario de Le-ticia anda de un lado para otro, y...?
PACO.–Pero... ¡un libro en el que ella refleja su vida interior...!
PACO.–En su Diario dice veintisiete...
PACO.–Eso es cierto.
PACO.–¡Hombre...! Como que tú eres un águila. ¡Ahí es nada un tío que ha inventado el seguro «fami-liar-vitalicio-retroactivo-indirecto», que pica todo el mundo y que no hay quien lo cobre...!
PACO.–¡ Vulgar!
PACO.–Pero Sigerico es un niño gótico...
PACO.–¡No me digas!
PACO.–Bueno, Pepe: para una mujer un poco soñadora, un hombre que se dedica, como tú, a los Seguros...
PACO¡Eso es! Por eso ella se ha fijado en mí...
PACO.–A los Seguros. Bue-no. ¡ Cualquiera entiende a las mujeres!
PACO.–Pues ¿qué hay que hacer con una mujer así?
PACO.- Pero ¿en serio que vas a quitarte la barba, con la estima en que la tienes, por un simple capricho de Leticia?
PACO.- ¿Qué quieres decir? ¿A qué viene todo eso?
Paco.–¿Qué?
PACO.–¡Qué tontería!
PACO.- ¡Hubiera sido terrible! Y yo no me lo habría perdonado nunca.
PACO.–Pero me tienes asombrado, porque te oigo hablar de morir como si la muerte fuera una dicha.
PACO.–¡Ya!
PACO.–Sí; conozco la historia.
PACO.–¿Es posible? ¿Con el dineral que ganas?
PACO.–¿ Un seguro «familiar-vitalicio-retroactivo-in-directo» de esos que tú has inventado?
PACO.–¿Más serio aún?
PACO.- ¿Eh? ¿Qué?
PACO.- Pero ¡Pepe! ¿Cómo puedes suponer que yo...? ¿Cómo puedes pen-sar que yo, muerto tú...?
PACO.–¡Pepe! ¡Yo soy un amigo de luto riguroso!
PACO.–Todo eso está muy bien, y te doy mi palabra de honor de seguir tu consejo si llegase el caso. Pero por fortuna son ganas de hablar por hablar, Pepe. Es-tás perfectamente de salud, y lo que tienes es aprensión.
PACO.–Tú eres el que debes mirarte en tu espejo, para que vayas viendo cómo estás sin barba.
PACO.–¡ Arrea!
PACO.–El colapso, Díaz... ¡El colapso! ¡Esto es el colapso!
PACO.–De verse sin barba.
PACO.–Ayúdeme... Vamos a acostarle. DÍAZ.–Sí, señor; sí, señor.
PACO.–Y vaya usted abajo escapado. Dígaselo a la señora con precauciones..., y tráigase usted inmediata-mente al doctor Ansúrez, que está entre los invitados
PACO.–¿Le conoce usted?
PACO.–No hay confusión posible porque viene ves-tido de diablo.
PACO.–¡Pepe! ¡Pepe, chico! Pero... ¿será posible que esta criatura?... Pero ¿es que se va a morir de veras? ¡Pepe! Pepe, no te mueras, hom-bre, no seas primo. Parece que ya abre los ojos... ¡ Pepe!
PACO.–Eso te digo yo a ti. ¿Qué hay?
PACO.–¿ Adiós ?
PACO.–¿Que te vas?
PACO.–Pero ¿qué te vas a ir, hombre? ¿Adonde te vas a ir vestido de torero?
PACO.–Eso está bien.
PACO.–Desde luego. Pero no pienses en eso. Esto es un arrechucho sin importancia, que ya ha pasado...
PACO.–No digas cosas raras. Ahora sube a verte el doctor Ansúrez y...
PACO.–Pero hombre ¿cómo nos vamos a reír? PACO.–Que se muere.
PACO.–Por desgracia, estoy convencido de que sí. Y él también. Ha dictado testamento; le ha hecho un seguro a Leticia...
PACO.–Que le ha dado un colapso al verse sin barba.
PACO.–Aquí viene el médico, Pepe.
PACO.–¿ Eh ?
PACO.- ¡Pero hombre, Pepe!
PACO.–Va a ser la muerte más alegre del mundo... TELÓN
ACTO SEGUNDO
PACO.–Hola, Elíasa.
PACO.–¿Qué pasa?
Paco.–Sí.
PACO.–¿Qué dice usted?
PACO y LETICIA.–(A un tiempo.) ¿Qué?
PACO.–Pero ¿qué es eso?
PACO.–Y yo también.
PACO.–Sí; ¿verdad?
PACO.–Bueno, aquí baja. Vamos a ver qué era eso.
PACO.–¿Qué, Elías?
PACO.–Pero ¿cómo que no era nada?
Paco.–¿Qué?
PACO.–¿Qué os parece?
PACO.- No creo que lo que le ocurre a Elías sea cosa del whisky.
PACO.- Pues no lo sé; pero...
PACO.– Pero nada.
PACO.- ¿Eh? ¡Ah, perdona! Es-taba distraído.
PACO.–Leticia, sabes de sobra que como acabaremos regañando será si te contesto.
PACO.–¿No ves?
PACO.–¡Ya! Y entonces, ¿qué hago?
PACO.–Tienes razón, porque, después de todo, ni viniendo ella hemos llegado a tiempo...
PACO.- ¡Es verdad! Y ha sido una desaparición muy rara, porque a las once y media, cuando ya habías revuelto Roma con Santiago, bus-cándolas, las habéis encontrado, de pronto, puestas en las mismas cerraduras.
PACO.–Yo no te echo la culpa de nada. Me limito a hacer constar que también hoy hemos llegado tarde al teatro, y que, como de costumbre, le he tenido que dar una propina al acomodador para que me explique el primer acto de la obra.
PACO.–No... Si acabaré contándotelo; ya lo sé... Bien me lo decía en vida el pobre Pepe...
PACO.–¿ Qué es eso ?
PACO.–Hay que hacer frente a muchísimos gas-tos y...
PACO.–¡Que no te hago caso!... Tam-bién él me anunció que te quejarías de eso...
PACO.–Pepe. ¿Otra vez?
PACO.–No, Elías; yo no creo de ti lo que cree la señora.
PACO.–Sí. Y la señora es una mujer.
PACO.–Y tú un criado que sabes tu oficio y que sólo te emborrachas los domingos.
PACO.–Bueno. Pero esta noche tú no estás borracho, Elías.
PACO.–Lo supongo.
PACO¡Exactamente! Porque hay cosas que... Por ejem-plo... ¿Qué ocurre con las luces?
PACO.–¿Y... la bombilla está bien apretada?
PACO.–¿Y el flexible?
PACO.–¡ Ya! (PACO lanza un silbido.)
PACO.–Sí. ¡ Si fuera esto solo, Elíasa!
PACO.–Pues ¿y lo de antes, Elías? Lo de las llaves de los armarios de la señora, ¿eh?
PACO.–¿Qué es lo otro?
Paco.–Sí.
PACO.–Sí, claro.
PACO.–Llamémosle tocar a lo que ella hace; sí.
PACO.–Exacto.
PACO.–¿Qué dices, Elías?
Paco.–¡ Ya!
PACO.–¿ Nadie ?
PACO.–Pues eso es gordo, Elias.
PACO.- ¡ Calla! Ahí, en la biblioteca... ¿Has oído?
PACO.- ¡ Vamos a ver!
PACO.- Elíasa: ¿estás completamente, fíjate bien, completamente segura de haber colocado antes el tomo en la librería ?
PACO.–Pues ya lo has visto: ahora estaba abierto y en el atril.
PACO.- Pero ¿por qué va a tener interés en leer precisamente esa lata de losSonetos, de Shakespeare, Y lo de tocar el piano...
PACO.–No, nada; nada...
PACO.–¡ No! ¡ Qué ocurrencia! ¿ Cómo voy a descon-fiar de tí ni de nadie? Si a mí, particularmente, me están ocurriendo cosas tan gordas como éstas todos los días.
PACO.–Particularmente, y siempre en momentos..., en momentos especiales. ¡Si yo te contara!...
PACO.–Tú eres una tumba, Elíasa, ya lo sé. Pero hay asuntos tan confidenciales... ¡En fin! Voy a descubrirte el secreto. Óyeme: hace tiempo que me suceden cosas como éstas y peores que éstas..., justo en los precisos instantes en que entre la señora y yo se establece una corriente de afecto.
PACO.- Pues ¡más aún, Elías! De tal modo surgen cosas raras a nuestro alrededor, interrumpiéndonos todos los instan-tes afectuosos, que hace ya meses, ¡meses!, que la se-ñora y yo no nos podemos dar un beso.
PACO.- Soy el conde de Montecristo de la época moderna, Elías. Porque... tú no sabes lo que es estar meses enteros sin besar a la señora.
PACO.–Es verdad. Pues soy desgraciado yo, Elías, y es desgraciada la señora; y tenemos los dos los ner-vios tan de punta, que regañamos por las cosas más tontas y... Pero de eso qué voy a contarte a ti, si eres conocedora.
PACO.–Ha llegado un momento en que prefiero estar fuera de casa o hablar con la señora nada más que de negocios.
PACO.–Pero es que es mucho más grave para mí tratar con la señora de asuntos de la intimidad, por-que entonces, fatalmente, ocurre alguna cosa extraña a nuestro alrededor que nos interrumpe: y esas cosas extrañas me producen cada vez más miedo, Elías.
PACO.–¿ Qué ?
PACO.–¿La causa? Sí, claro que he pensado en la causa.
PACO.–Sí, Elias; empiezo a deducirlo, aunque hay detalles que me despistan; por ejemplo, lo del piano y lo del tomo de Sonetos de Shakespeare. Cada vez que medito sobre ello acurre a mi arrededor algo raro alrededor algo raro que me corta la acción de raíz.
PACO.- ¡El batín!
PACO.–¡El batín! ¡Estaba aquí y acaba de marchar-se allá!
PACO.–¿Lo ves? ¿Lo ves? No hablemos más de esto, Elíasa.
PACO.–Retírate.
PACO.–Y tráete el café que te mandó la señora.
PACO.–No; llévatelo y regálaselo a quien te dé la gana... No quiero tocarlo más ni volver a verlo.
PACO.- Mucho. Estás muy guapa con él.
PACO.–¡Hombre, claro! ¿Qué me vas a decir?
PACO.–No hay mal que por bien no venga. Me ale-gro que, gracias a eso, surja esta conversación, porque quería que hablásemos de negocios, Leticia.
PACO.–Hace tiempo que me pregunto, Leticia, para qué quieres tantos sombreros, teniendo una sola cabeza.
PACO.–Además, de lo que debemos hablar ahora no es de gastos, sino de todo lo contrarío. La quiebra de la Compañía de Seguros ha echado abajo mis planes económicos. Estamos mal de dinero, Leticia. Ya el mes pasado te dije...
PACO.–¡Anda, morena!
PACO.–¿De lo tuyo?
PACO.–Pero Leticia, el dinero de tu seguro te lo gastaste antes de casarnos.
PACO.–Los cincuenta mil duros.
PACO.-–¡Cuatro o cinco trajes!
PACO.–Leticia, no me toques la cara, que se va a caer la cafetera.
PACO.- Nada, una broma. Es una broma.
PACO.–¡ Quieta, Leticia!
PACO.-–¡Quieta, Leticia, por Dios!
PACO.–Déjalo; si no es nadie.
PACO.–Sí; pero que el timbre esté sonando no prue-ba que sea alguien.
PACO.– Bueno; anda a abrir para que la señora se convenza.
PACO.–¡Era alguien!
PACO.–Claro que ha sonado solo.
PACO.–Buenas noches, Díaz.
PACO.–¿Qué aviso?
PACO.–¿De parte de quién?
PACO.–¿Desde aquí?
PACO.–¿Esta noche?
PACO.–¡Ah, sí! Para decirle que...
PACO y ELÍAS.–(Al mismo tiempo. A DÍAZ.) ¿Qué fue lo que le dijimos?
PACO.–Eso es: las copias de los Estatutos.
PACO.–Pero Díaz...
PACO.–¿Esta noche?
PACO.–¡ No, hombre, por Dios! ¿ Cómo iba a olvi-darlo? Si precisamente habíamos mandado traer café para..., para estar bien despiertos...
PACO.–¡Eso es! Para estar bien despiertos a las tres de la mañana.
PACO.–¿Y qué hora es?
PACO.–¿Qué pasa?
PACO.- Sonetos de Shakespeare.
PACO.–¿Eh?
PACO.–¿Qué versos?
PACO.–¿Unos versos en la caja de los guantes?
PACO.–No me acuerdo... Los escribí ya hace días y...
PACO.– Hola...
PACO.–¿Eh? ¡Ah! Sí, sí... Se marchó...
PACO.–Sí. Menos mal.
PACO.–Sí, sí, claro. Lo prefiero.
PACO.–Sí, sí...
PACO.- Pepe...
PACO.– Pero, Pepe..., ¿eres tú?
PACO.–Pero... vestido de torero...
PACO.–Entonces..., entonces, ¿eres un espectro?
PACO.–¿Y a qué vienes?
PACO.– ¡A estar aquí! ¡A vivir aquí!
PACO.–Leticia no te ha visto... Ni Elias...
PACO.–¿Todo lo que has hecho en estos tiempos lo hacías para que yo me diese cuenta de que te me ibas a aparecer?
PACO.–Tocar el piano. ¿Tocar el piano lo has hecho por gusto?
PACO.–¿Estás aprendiendo a tocar el piano?
PACO.–Entonces ¿eras tú también el que te dedica-bas a leer los Sonetos de Shakespeare?
PACO.–Y muchas de las cosas que has hecho..., ¿no las hacías para evitar las escenas de amor entre Le-ticia y yo?
PACO.–¿Sin importancia? Hace tres meses que no consigo darle un beso a Leticia...
PACO.–Y habrás sido tú también, claro, el que le ha escrito a Leticia unos versos...
PACO.– ¡NO! ¡ Ahí no te pongas!... ¡No te pongas ahí!
PACO.–¡Es mi mujer! ¡Es mi mujer!
PACO.–¡ Tú!
PACO.–Para que se entere todo el mundo. Porque te quiero y para que se entere todo el mundo...
PACO.–Nada. Creí que tenía man-chado el hombro.
PACO.–
Yo antes no era poeta ni comprendía el arte;
por eso me reía cuando,
con tu alma inquieta, de mi modo de ser te oía lamentarte:
¡yo antes no era poeta!
Ni ahora tampoco.
PACO.–Esto es muy malo.
PACO– ¡LO dirás tú!
PACO.–¡Pero tú nunca has entendido una palabra de poesía!
PACO.–Porque está hablando éste.
PACO.– Éste... Y cuando habla éste, ¿qué va uno a decir, Leticia?
PACO.–
Tu aliento es el aliento de las flores;
tu voz es de los cisnes la armonía;
es tu mirar el resplandor del día...
Esto está copiado.
PACO.–¡ Copiado! ¡ Copiado!
PACO.–¡Esto está copiado de Bécquer!
PACO.– ¡Te digo que sí! ¡Que es de Bécquer!
PACO.–¡ ¡ Que sí!!
PACO.–¡Éste!
PACO.– Éste, Leticia, que siente por ti lo mismo que dijo Bécquer, y que, por tanto, no lo ha copiado de Bécquer...
PACO.–¿ Qué ocurre ahí ?
PACO.–¿Que se van a pegar?
PACO.–¡Copiado de Bécquer, sí! Y te lo demuestro.
PACO.–En la biblioteca: enseñándote el tomo de las Rimas, de donde lo has copiado.
PACO.–¿Que no? ¡Ven conmigo a verlo! Anda, pasa tú pri-mero.
PACO.– ¿Has arran-cado tú hojas del tomo de las Rimas de Bécquer?
PACO.–Pues faltan justamente las hojas de los ver-sos copiados.
PACO.– ¡Las has arrancado tú para que no se te pudiera de-mostrar que los versos estaban copiados!
PACO.–¿ Eh ?
PACO.–¡Levántate de ahí!
PACO.–¡Y ven aquí!
PACO.–Que entre unas cosas y otras, no hemos em-pezado a tomar el café.
PACO.–¿A mí? ¿Por qué?
PACO.– ¿ES verdad que has opinado tú eso?
PACO.–¿Qué?
PACO.– Pero ¿es que pien-sas decírselo?
PACO.–¡ Pepe!
PACO.–Pero hombre...
PACO.– Van a entrar en sospechas.
PACO.–Pepe... ¡No te hagas visible, por Dios!
PACO.–Bueno... Ya la has armado... ¡Leticia, Le-ticia!...
TELÓN
ACTO TERCERO
PACO.– ¡Pepe! ¡Pepe! ¡Pepe! ¡NO te vayas, que es a ti a quien busco!
PACO.–¿Qué significa esto? ¿Qué quiere decir esto?
PACO.–¡Leticia acaba de subir y se ha encerrado en la alcoba sin querer hablarme siquiera! ¡ Y esto es obra tuya! ¿Qué le has dicho? ¿De qué procedimientos te estás valiendo para indisponerme con ella?
PACO.– ¿Qué te propo-nes? ¿Separarme de mi mujer? ¡De mi mujer! ¿Lo has oído? ¡De mi mujer, porque tú ya no existes!
PACO.–¿ Eh ?
PACO.–¿Que existes más que yo? ¿Te atreves a decir que existes más que yo? ¡¡ pero que fantasma eres!
PACO.–¿Y eso quién te lo ha dicho?
PACO.–¿Y ella qué sabe de eso?
PACO.–Bueno..., quiero decir... Bueno ¡no sé lo que quiero decir! Pero si Leticia no me quería, ¿por qué se casó conmigo? ¡Anda! ¡Contesta a eso! ¡Contesta!
PACO.–¡ No!
PACO.–¡Bien me engañaste en aquella ocasión!
PACO.–Me aconsejaste que no me casara con Leticia porque ella iba a hacerme muy desgraciado, y yo hubie-ra sido muy feliz con ella si tú no te hubieras inter-puesto entre los dos. ¡Que llevas meses enteros rom-piendo cristales, y apagando luces, y tocando timbres cada vez que ella y yo nos íbamos a decir una palabra amable! Porque es mentira eso que me dijiste anoche de que lo hacías para irme acostumbrando a tu apari-ción. ¡Lo hacías para separarme de Leticia!
PACO.–¿Cómo que qué?
PACO.– Pues como yo también la quiero, también yo la voy a defender. ¡Y te voy a romper un hueso!
PACO.–¡ Pues le voy a romper el alma! ¡Ay!
PACO–¿Eh? ¿Que te vas?
PACO.–¿Adonde?
PACO.–Pero Leticia...
PACO.–¿Qué dices? ¿Estás loca?
PACO.–¿Contigo? ¡Vamos, Gracia, suelta! ¡Suelta! ¡Leticia! ¡Leticia!
TODOS.–¡ ¡ Ay!!
PACO.–¡Dios mío! .
PACO.–¡Leticia!
PACO.–Gracia... ¡Es horrible! ¡Es horrible!
PACO.–¡ Leticia! ¡ Leticia!
FIN DE «UN MARIDO DE IDA Y VUELTA»

